martes, mayo 22, 2007

Reivindicación

Los que tienen dificultades a la hora de dejar de pensar, tienden a tener una concepción relativamente estructurada y predecible de la realidad, o al menos eso piensan. Así las cosas, que les volteen un estereotipo, hijo de largas horas de olvidar diferencias, es casi cataclísmico.

De todos modos, los que escribimos no podemos dejar de agradecer al taxista anónimo que hoy nos llevó

(sin despegarse un instante del carril de Scalabrini Ortiz que huye del río)

por Tres Arroyos (ex Monte Egmont, ex "Montemón" para los baqueanos),

por la iglesia de San Bernardo, la iglesia del Cristo de la mano rota (mano que Monseñor Laguna, brutamente, hizo arreglar),

por Boedo,

por Florida,

por 1971.

Nobleza obliga: nos asustó al principio, cuando dijo que en esos cien metros había cuatro estilos arquitectónicos distintos (aprovechando la fácil circunstancia de dos restaurantes que de lejos parecen árabes) y nos aterró cuando chapuceó unas clasificaciones sin demasiada convicción. Sin embargo, después... gracias.

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lunes, diciembre 04, 2006

Trágico doblete

Sabido es que uno de los momentos en los que la fruta se siente realmente vana son aquellos en los que el Universo, rector y severo, la enfrenta con la ya conocida (pero nunca soportable) falta de honor y, sobre todo, de coraje. Los registros indican que la instancia anterior había sido la del ámbito académico, aquella...

La última, quizá, se sentiría más cómoda en otros blogs, más dedicados a los relatos y a las ridiculeces de la rutina. Así y todo, la desazón es mucha.

Existe en Buenos Aires un taxista que se hace llamar "Tanito". Empieza señalando a una chica de la calle, con panza de varios meses y un crío terminado en la mano, delatando, quizá, cierto grado de conciencia social. Uno empieza a planear un discurso centrado en los problemas de la educación y, quizás, en los de todo el sistema. Pero Tanito no tarda más que una cuadra, carajo, en delatar un odio casi blanco hacia todo el género humano, enfocado con bastante destreza en las mujeres.

Es imposible recordar textualmente lo que dijo, pero: "un amplio... un amplio aspectro (sic) de los gateríos de la zona". Un relato nauseoso sobre la dueña de un boliche que aceptó subirse al taxi y que después se negó...

Algo parecido al miedo. ¿Cómo bajarse del taxi? ¿Cómo decirle que duele escucharlo?

Los ojos subrayados varias veces con cansancio, sufrimiento o las dos cosas; la voz húmeda por los cigarrillos (el orgullo de los tres atados diarios, desde los nueve años); la historia de una esposa que vio en la puerta de un telo, el arma en la cintura (pero la recámara, piadosamente vacía), el arma en la garganta, el arma corriéndola por la calle, la noche (él, enfundado en una bata de boxeador); las máximas al hijo, que le huya a las relaciones y a las parejas, que no haga asco a gordas y a feas, que al final "la raja es lo único que importa".

Fue en ese momento, y en otros de peste similar, cuando la oportunidad de ser noble se hizo fracaso.

Aunque no hubiese habido el miedo de generar una reacción violenta, la respuesta habría sido lo mismo una retahíla de exclamaciones, gestos de sorpresa y sonrisas que, como si me salvara, no eran sinceras.

"Tendría que haberla matado".

La ironía que conforma el doblete es que, finalizado el viaje, después de otros relatos, de una infancia injusta, de fortunas ganadas con el escolazo y perdidas en un instante, y cierto concepto heroico de la amistad, no hubo más remedio que no aborrecerlo.

Ni siquiera cuando dijo que buscara un macho, porque "que te rompan el culo una vez por semana es mejor que te rompan las bolas todos los días".

La desazón es mucha.

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