sábado, abril 30, 2005

Valor

A Tristes lo conocí hace unos tres años, cursando la materia que equivale a Pensamiento Científico (y a Semiología, al mismo tiempo) en el lugar donde yo estudio. Nunca fue un tipo demasiado interesante, pero como me daba charla con un grado casi soportable de irrelevancia, y daba sobradas muestras de buena leche, terminamos formando una relación de esas de asentir cuando nos cruzamos en el pasillo, con un abrazo (sin palmaditas) de tanto en tanto.

Pasaron dos años así.

Este año, 2005, por una cuestión de horarios en común, nos cruzamos bastante más seguido.

Yo creo que la primera fue a mediados de abril... Lo cruzo a Tristes por el pasillo y, dada mi condición por aquel entonces, decido superar el límite del nodding protocolar. No recuerdo de qué hablamos, ni cuánto duró la conversación. Sí recuerdo que, ya abrazados y despedidos, mientras yo me alejaba de Tristes, me percaté de que en su discurso había introducido algo medianamente exógeno. Una sílaba: max.

Pensé lo peor, por un instante; pero lo descarté por descabellado: este personaje cursó un año entero conmigo; tenemos amigos en común... ¿Cómo es posible que no sólo no sepa mi nombre, sino que encima se dé el lujo de asignarme uno tan de mecánico pornogay o marine... pornogay? No, no podía ser... me obligué a creer que el "max" no era un vocativo, sino alguna muletilla novedosa (y pornogay) forjada para darle un respiro al "cool" o al "copado" o al "buenísimo". Aunque no lo crean, logré creerlo.

El tiempo siguió pasando y a Tristes me lo seguí cruzando, pero decidí volver al nodding protocolar, más por miedo a perder mi nombre que por otra cosa. Frío en invierno, y en verano, calor.

El lunes pasado (el martes, quizá) se sentó conmigo en la cafetería.

Una sílaba me había planteado la duda, en su momento. Dos sílabas me la sacaron: ma y xi. El tipo no sabía mi nombre. Hablamos de trabajo, de los profesores a vigilar, de la pasión (or lack thereof) por la docencia. Soporté cobardemente: no me quería exponer (no lo quería exponer) a una corrección tan terrible. Cuando yo estaba atravesando una especie de crisis existencial inducida, tuvo un poco de piedad y se alejó de la mesa ("A hablar con una profesora". Mentira.). Aproveché para anotar en mi cuadernito todo lo que estaba pasando... para preguntarme qué había de terrible en una corrección -tan- necesaria. Cuando ya había descargado, birome mediante, la bronca y la confusión, Tristes volvió a la mesa. No me preocupó, porque yo ya había hecho la catársis correspondiente y estaba dispuesto a darle el gusto y a asumir otra (sí, otra más) identidad con tal de ahorrarle la vergüenza.

No me dejó.

Hay que reconocer que tiene clase. Se las arregló para meter 3 (tres) "Maxi" en una (1) oración: "Maxi, así que Maxi es traductor, Maxi" o algo así. Vocativo, sujeto y... no sé... eco sádico.

Levanté un dedo, el índice.

-Juan, me llamo.
-...
-Juan.
-Me estás jodiendo.
-...
-¿En serio te llamás Juan?
-Te juro que sí.

Y así durante un rato largo...

Lo terrible es que ahora Tristes no puede evitar verme sin mechar "Juan", "Juancito", "Juancho", con una frecuencia ridículamente alta.

"Max" no estaba tan mal, después de todo. Si le agregaba un "Power", yo firmaba.

sábado, abril 23, 2005

Escribir una introducción, un primer mensaje que indique claramente de qué va la cosa, de qué no va la cosa, si la hago para mí, si la hago para ustedes, mi largo de pelo, los lineamientos generales, qué gama de colores comprende mi ropa interior, por qué se hace la cosa, si va a ser catártica o publicitaria o ambas... es realmente inútil.

Por supuesto, esto lo digo después de haber escrito y descartado puteadamente cerca de 10 introducciones (y después de haber pensado y descartado puteadamente el doble de lineamientos generales, gamas de colores, largos de pelo y porqués y etcéteras).

Por lo tanto, eso.

Si quieren saber todas las cosas anteriores, lean todas las cosas siguientes.

Y tengan la delicadeza de contármelas cuando las sepan.

(Buena señal... todavía hay letras en pantalla).

Anoche fue en Belgrano, microalgo por excelencia. Lugar que sigue resistiéndose a bienvenirme.

Mucho alcohol. Y eso es todo lo que se puede decir sobre la noche (increíblemente, no porque no haya pasado nada. Exactactamente por lo contrario).

Después la vuelta en taxi hablando de la emoción que implica publicar algo. Sin ánimos de ofender prejuiciamente, ¿Cuáles son las chances de que el tachero también escriba?

Le conté sobre mis cuentos: argumentos... explicaciones... todo.

Él hizo lo propio: No recuerdo casi nada.

T: ...se encuentra con una señora que está paseando el perro (...) entonces el tipo como que se siente...
Y: ¿Invadido?
T: ¡Claro! Y ahí agarra y comete una locura.
Y: ¡Genial!

(...)

T: Yo escribo pero no leo. A veces algún extracto de alguno de esos consagrados.
Y: No pasa nada... yo leo todo el día y para lo único que me sirve es para reconocer a quién le estoy robando y contarlo para jugarla de humilde. (Por Dios...)

(...)

Y: Mano izquierda, mitad de cuadra.
T: Bueno, loco... dale para adelante con eso.
Y (al borde de las lágrimas): ¡Vos también! Nunca es tarde, hermano.

Casi lo abrazo. El ron saca lo peor de uno.

Es increíble cómo me tiemblan las manos. Hay gente que se está dando cuenta, ya. Hay gente que arriesga gota y hay gente que se burla. Lo terrible es que yo también.