martes, noviembre 24, 2009

Patricio Jiménez


Nos persignamos por si acaso, no vaya que Dios exista.

domingo, noviembre 22, 2009

σκάνδαλον (del español "escándalo")

"You know what the sad part is? I thought everything was going well".
Joe Berlin, Everyone Says I Love You (Woody Allen, 1996)

Va siendo hora de que alguien diga que Woody Allen puede sostener sus personajes paranoicos, hipocondríacos, desgraciados, torturados, egocéntricos y perturbados porque sabe que, más tarde o más temprano, la película termina.

Las películas de los demás y las nuestras también terminan, pero terminan cuando ya empezó otra o terminan y vuelven a empezar.

lunes, julio 13, 2009

δῶς μοι πᾶ στῶ καὶ τὰν γᾶν κινάσω

Supongamos, entonces, que algunas cosas son constantes: aunque más no sea por la tranquilidad frágil de saber un punto fijo en el Universo, alrededor del cual podemos pensarnos, al menos con una ligera sospecha de continuidad en la conmistión de situaciones, lugares y personas que es una sola vida. No hay demasiadas opciones, como creemos haber insinuado en alguna otra entrada: las demás personas quedan excluidas de plano, porque son pasajeras de la misma calesita sin eje, vertiginosa y total. Los gustos y disgustos personales corren, desde ya, la misma suerte (hemos sido de Ferro, de Racing, de Ferro y después de Racing, consecutiva y, a veces, simultáneamente; sabemos que ya casi no escuchamos tango; ya no estamos tan cómodos en Caballito). Tampoco esperamos que nos redima una paradoja: creemos en esto que escribimos, sí, pero lo habríamos rechazado con pena en épocas menos cínicas, y en épocas más cínicas lo subestimaremos como conato de adolescencia. Si todo va bien, vamos a olvidarlo en algún otro momento.

Últimamente pensamos mucho en estas cosas, porque nos perdimos un poco de vista. Nos buscamos en todos lados: no estamos. No sabemos si nos corresponde aspirar a algo más. Probablemente todos estén en un desorden similar. Si buscamos recuperar algún tipo de fiel para nuestra balanza, es porque tememos que esta inconstancia sea mala para los que se preocupan por nosotros. Últimamente pensamos mucho en estas cuestiones, especialmente tarde, a la noche, que es cuando más ganas tenemos de encontrarnos. No sorprende, entonces, que la cama sea cuna de una de las constantes que creímos descubrir.

Aunque se pierda un poco la solemnidad de lo anterior, si tenía alguna, que venga lo siguiente a demostrar qué minuciosos (qué banales) podemos ser para buscar. Porque, por un momento, quisimos creer que en la elección de uno de los lados de una cama de dos plazas dormía una coherencia que cada ser respeta hasta la muerte.

Ya no recordamos detalles de la primera vez que nos tocó elegir a nosotros, la ceremonia en la que juramos lealtad, pero sabemos que la decisión se tomó en un plano inconsciente y fugaz. Por ahí talló el hecho de que la persona con la que compartíríamos el lecho ya había elegido su costado en otra ocasión previa. No obstante, también es cierto que en instancias posteriores, en camas propias y ajenas, volvimos a optar por el mismo lado. Si bien es posible pensar en una serie de coincidencias, nos pareció mejor creer que la preferencia por un lado u otro* del lecho es algo tan personal, tan íntimamente ligado a nuestro ser, que solo podemos congeniar (y, va de suyo, llegar a la instancia de repartir la cama) con personas que hayan optado** por el lado opuesto. Por diversas razones, el tamaño de la muestra no alcanza para confirmar con rigor científico ninguna de las dos hipótesis.

De todos modos, dimos con otro detalle, quizás más elocuente: cuando nos tocó dormir solos, optamos por el flanco que ya habíamos elegido antes, en perjuicio de opciones más ecuatoriales o incluso diagonales, tal vez más fértiles para el ejercicio del sueño.

Así estábamos. Casi tranquilos, rumiando ese último argumento, con la sospecha de haber encontrado una nueva piedra angular***. Por desgracia, cuando estábamos a punto de empezar a refundarnos, recordamos lo que habíamos decidido olvidar: hubo épocas, muy remotas y más recientes, en las que dormimos del otro lado, porque nos aterraba despertar y verlo vacío. Igual despertábamos y veíamos vacío nuestro lado y entendíamos que la ausencia del otro es también la ausencia de uno****.

* Cabe aclarar que la división de la superficie en dos planos, operación de la que depende esta payasada, no descansa en el tamaño de la cama, sino en la cantidad de participantes. Dejamos a personas más curiosas los análisis correspondientes a divisores más elevados.
** O que vayan a optar. No se puede manchar una decisión eterna con consideraciones cronológicas.
*** Humilde, es cierto: "Mucho gusto, duermo siempre de este lado".
**** Suponiendo momentáneamente que "uno" y "otro" quieran decir algo.

miércoles, abril 29, 2009

Bedlam boys are bonny - 1

No hay muchísimas razones para suponer que lo que nos pasó ayer o hace dos meses sea más relevante o tenga más que ver con nosotros mismos que lo que nos pasó hace cinco años o lo que no nos pasó nunca.

No vayan a creer que postulamos una versión indivisible de quienes escriben, perenne a través de los años y compadrita ante todas las circunstancias. Más allá de que, paradójicamente, en Lo Terrible se adivine un patrón común de desvaríos, suponemos haber mostrado en lo que escribimos (y, sobre todo, en lo que no escribímos) que creemos que hoy no somos los que fuimos ayer ni somos, con un poco de suerte, los que seremos mañana. Eso mismo o algo similar dijimos, también paradojicamente, en esta entrada.

Esta opinión es hija de motivos estéticos, como todas, pero también tiene un par de fines prácticos, de concepción más bien barata y de aplicación directamente descarada:

1) Por un lado, nos da venia para desentendernos olímpicamente de cosas que dijeron otros tipos y que los que hoy escriben no habrían dicho jamás; lugares que visitaron otros tipos y que nosotros no conocemos ni de nombre; e intereses que cultivaron otros tipos, a quienes hoy humillaríamos sin sentir más culpa que la que sentimos habitualmente por todo.

2) Por otro lado, nos ahorra la certeza de que hay cosas a las que no vamos a poder acceder nunca y puertas que jamás se nos van a abrir: donde hoy hicimos sapo nosotros, quizás tengan más suerte los que nos sucedan. De paso, nos deja seguir pensando que, en una de esas, nos va a dar el tiempo para vivir todas las vidas.

Sin embargo, hay algunos recuerdos que nos caen simpáticos, aunque no nos hayan tenido como protagonistas, a pesar de lo que diga el pasaporte. Curiosamente, creemos recordar que esas situaciones fueron en muchos casos insufribles o poco menos para esos tipos (que eran nosotros): novias de la adolescencia que no nos prestaron la atención que creíamos merecer, que hoy se nos antojarían ideales; amistades que considerábamos innecesarias y que hoy nos parecen fundamentales; enojos propios que consideramos injustos y silenciamos, que hoy liberaríamos a los gritos; y abrazos de los que quisimos zafarnos y que de los que hoy no nos sacarían ni con la policía.

Fiel a la costumbre compartida por casi todos los escribas que pasaron por este espacio, todo lo recién escrito no tiene demasiado que ver con lo que sigue.

Porque sentimos deseos de recordar un poco el viaje al Reino Unido, que, si bien mejoró notablemente en el recuerdo, supimos disfrutar "en vivo" hasta cierto punto.

Nunca fuimos demasiado fanáticos de los viajes: no nos gusta mucho la novedad; seguimos descubriendo cosas maravillosas en lugares, libros y músicas que nos sabemos de memoria; y no nos molestaría mucho quedarnos para siempre en Caballito, siempre y cuando estén con nosotros el té y las personas indicadas, que a veces son muchas y a veces ninguna. Con eso en mente, no es demasiado llamativo que haya sido nuestro último viaje "largo" tanto en términos de distancia como de duración.

¿Por qué cruzamos el Atlántico, entonces? ¿Por qué nos despedimos de todo y de todos, con idea de no volver más? Por un lado, para responder al llamado que nos inventamos a fuerza de largos años de consumir todo lo que viniera de Inglaterra. Por otro lado, porque le habíamos prometido a alguien que íbamos a ir. Por un tercer lado, porque necesitábamos escaparnos.

Desde ya, no bien llegamos advertimos que la Inglaterra actual distaba un poco de lo que nosotros imaginábamos: sí corría el Támesis y sí explotaban de verde los campos, pero no quedaban muchos mods a la vista; el Swinging London había desaparecido como cuarenta años antes; tal como cantó Ian Anderson, no quedaban más que cuatro o cinco percherones en toda la isla (que se dignaban a aparecer cuando yo roncaba como una foca en algún viaje en tren); y las chances de morir atravesado por un flechazo*, decapitado en la Torre o con una señora y señera peste bubónica tendían a cero.

Así y todo, la desilusión no fue absoluta, porque encontramos cosas maravillosas, que en esta entrada no van a aparecer ni por asomo, y personas maravillosas, que son las que queremos recordar, en cuotas, arbitrariamente y dejando afuera a algunos que bien merecen la mención.

(Antes de empezar con el dramatis personae, cabe agradecerle algo al Cosmos: nosotros cometimos el error de viajar con una persona muy cercana por ese entonces, que satisfacía prácticamente todas nuestras necesidades de interacción humana. Obviamente, entre esa autosuficiencia digna de un ouroboros, nuestra conmovedora timidez y el tiempo que nos llevó acostumbrarnos a algunos acentos, no conocimos a mucha gente. Lo admirable, lo que agradecemos, es que quisimos mucho a todos los que conocimos, salvo un par de excepciones**).

La primera mención es para M. y B., quienes, después de que hubiéramos bregado contra todas las incomodidades de los hoteluchos de Londres, nos invitaron a su cabaña en Stone, vieja capital del reino de Mercia, y nos recibieron con una hospitalidad que desde entonces tratamos de imitar.

De esos días, de los más lindos que tuvimos en toda la vida y en todo el mundo, nos quedamos con tres cosas:

1) Las charlas con B., que tuvo que explicarnos paternal e inútilmente cómo funcionaba el sistema monetario antes de la decimalización de la libra y que soportó con elegancia la multitud de preguntas que le hicimos no bien cometió el error de decirnos que era masón.

2) La historia que nos contara M., ex maestra, sobre un ex alumno autista, cuyo único interés eran las ollas a presión y los lavaderos automáticos de autos. Cabe aclarar que M. no hizo la relación por el mero placer de reirse del obsesivo***, sino porque una mañana, con nosotros presentes, recibió una postal navideña escrita en una letra incomprensible y roja y furiosa que hacía referencia, una y otra vez, a su olla a presión.

3) El día en que tuvieron que llevar a la madre de B. a su casa, en Hull, y nos dejaron a nosotros y a nuestra compañera a cargo de la casa y de los dos gatos. Solo recordamos el nombre del macho, Soot, probablemente porque se nos escapó una tarde, probablemente a propósito, para regalarnos el placer de perseguirlo, a grito pelado, no necesariamente en inglés, en un pueblito que no nos conocía. Ese día nevó.

Nos parece que en algún momento, por esos días, sentimos que teníamos casi todo lo que necesitábamos. Tiempo después nos dimos cuenta, por suerte, de que no estábamos ni cerca.


*Nosotros creíamos recordar que, en Chester, todavía es legal matar a un galés a flechazos (los demás métodos no están permitidos), si entra a la ciudad después del crepúsculo de la noche. Bueno, nobleza obliga, investigamos un poco y, obviamente, no es del todo cierto: no porque en Inglaterra no haya leyes así de interesantes, sino porque mezclamos el recuerdo de dos leyes distintas: es ilegal que un galés entre a Chester entre el ocaso y el alba; y es legal matar a un escocés en York si el susodicho está armado con arco y flechas.

Probablemente las hayan derogado, ya.

Probablemente.

** Sí, ustedes: mafioso en potencia que nos invitó a trabajar; marplatense con el que jugamos a la escoba en Chelsea; protosoldado israelí-alemán; Kevin; y yonqui que durmió con nosotros, D. y P. en Bristol.

***Placer al que nos entregamos, por cierto.

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lunes, abril 13, 2009

Cathy, I'm lost

Carecemos, sí, de algo lindo para decir, pero quizás tengamos algo lindo para mostrar.


Leonel, hasta nuevo aviso.

jueves, febrero 12, 2009

De bello blattium*

No somos demasiado adictos a los animales. Por mucho que nos gusten, seguimos prefiriendo a las personas.

Sin embargo, son largos los años que llevamos tratando de matar la menor cantidad posible de bichos, limitándonos a condonar con resignación la faena de ganado (si bien comemos cada vez menos carne) y a entregarnos ocasionalmente a la pesca (si bien nos sentimos cada vez peor al respecto y, secretamente, celebramos esas tardes en las que no hay caso).

No hace falta decir que dicha actitud, que adoptamos mucho tiempo antes de hacernos hinchas de San Francisco, deja a salvo de nuestras manos a una proporción considerable del reino.

Lo que sí hace falta decir es que no nos conformamos con el facilismo de dejar que las arañas tejan y destejan y se reproduzcan y nos asusten ocasionalmente o con mirar para otro lado cuando encontramos en la cocina uno de esos "pescaditos de plata", esas pequeñas empanaditas argénteas, cuestión de que escapen y sigan comiéndose nuestros libros.

No.

La nuestra es una gesta activa, y quizás quepa mencionar como ejemplo la más importante de nuestras victorias.

Nos referimos, claro, a lo que ocurriera hace ya tres o cuatro años, en la costa, cuando un quiróptero hecho y derecho entrara volando, también derecho, a nuestro sancta sanctorum. Sería poco noble obviar que gritamos y nos sacudimos como locos cuando empezó a describir círculos a velocidades supersónicas en torno nuestro y, en especial, cuando sentimos el roce del ala contra la espalda desnuda.

Sin embargo, cuando el batman zoomórfico se afincó en el baño y nosotros recuperamos un poco la compostura, decidimos que era una canallada permitir que nuestro padre (cuya participación hasta entonces se había limitado a decir "Uh" en el momento en el que la cortina se levantaba y daba paso al monstruo) se encargara de la situación y se cargara redondamente al bicho.

Tras una argumentación que no nos demandó demasiado esfuerzo (sospechamos que nuestro padre no tenía demasiado claro cómo ponerle fin al animal), nos armamos con un repasador** y entramos al baño (de dimensiones más bien escasas), donde nos encontramos con el invasor, totalmente desplegado sobre el suelo, en toda su gloria, como un santiagueño (con alas) en plena siesta.

En ese momento, nuestro padre coligió que era conveniente cerrar la puerta del baño, quizás para restringir la esfera de acción del animal (cosa que logró), quizás para sacarlo de su falso sopor y ponerlo a volar alrededor nuestro y de nuestros gritos de terror (cosa que logró con creces). Cuando el avión con colmillos decidió aterrizar una vez más, probablemente harto de nuestro escándalo, respiramos hondo, nos obligamos a olvidar todo el asunto ese de los vectores de infecciones y, con la mano enfundada en el repasador, lo tomamos por el lomo y lo acercamos muy lentamente al tragaluz, donde pensábamos soltarlo, a fin de que se fuera volando, mientras nosotros nos desmayábamos.

Por si hace falta aclararlo, lo soltamos a mitad de camino. Un poco porque sentíamos cómo se movía en nuestra mano, otro poco porque el "clic" que usan para orientarse es mucho más fuerte (y aterrador) en espacios cerrados y oído de cerca. Acto seguido, salimos corriendo del baño y reconocimos la derrota ante nuestro padre, que, conmovido por nuestro arrojo, armó en cuestión de segundos un artilugio mágico y maravilloso, con un escobillón y unas varas de metal. Con una paciencia y un pulso orientales, logró que el paquete semoviente de hidrofobia se subiera al aparato y, acercándolo al tragaluz, le devolvió la libertad.

En resumidas cuentas, supimos encerrarnos con un murciélago en un espacio ínfimo, sin más que un trapo para defendernos, antes que permitir que se le diera muerte.

Todo este prolongado preámbulo viene a tratar de que el Universo no nos condene por lo que hicimos hoy.

Porque hemos perdonado arañas, babosas (si bien nos vimos obligados a probar el tema ese de la sal –con afán científico, claro– una o dos u ocho veces), pescaditos de plata, bichos bolita y caracoles, pero no tenemos manera de controlar la repulsión que nos generan las cucarachas.

Porque hoy, dos años después de habernos mudado y a punto de renovar el alquiler por dos años más, fuimos a la cocina, con un libro para leer mientras se hacía el café, y vimos por primera vez la fatídica sombra amarronada y recordamos el terror que nos provocaban esos movimientos imprevisibles cuando vivíamos en otro Caballito, más cercano al nivel del mar.

Tomamos a Leonel y, renunciando heroicamente a la ayuda que pudiera prestarnos (y, de paso, al destrozo que haría si el bicho infame se acercaba a la vajilla), lo encerramos en el baño.

Francamente agitados, sacamos del armario el tubo de insecticida (que en dos años casi no usamos) y, así muñidos, volvimos a la cocina, recordando dos cosas:

1) La historia que nos regalara el querido Tom O' Bedlam acerca de una suerte de Vlad Tepes vernáculo que, habiéndo perdido la guerra contra las cucarachas, cambió de estrategia, se dejó abrasar por el odio, abandonó el zapatillazo piadoso y optó por condenarlas a la agonía, fijándolas con cinta adhesiva a cualquier superficie donde las encontrara, para que muriesen de inanición y sirvieran de ejemplo a sus congéneres.

2) El hecho de que son proverbialmente incapaces de picarnos y/o mordernos y/o matarnos.

La calma que logramos con esos artilugios duró hasta que traspusimos la puerta de la cocina, porque vimos que era grande y, sobre todo, porque vimos que había abandonado el lavadero y estaba posada sobre la alacena: o era extremadamente veloz o era una cucaracha voladora, lo cual desafiaba (al menos hasta hoy) todo lo que creíamos sobre las cucarachas***. Es claro que el neóptero el infierno notó nuestra perplejidad, porque, en alas (suyas) de despejarnos las dudas y sin aviso de ningún tipo, voló (haciendo un ruido infernal) hasta la puerta del lavadero. Nosotros, presas del pánico, apuntamos el insecticida, a metro y medio de distancia, sin demasiada fe.

Gracias a la providencia (y, también, al hecho de que la cucaracha estaba ubicada en la parte de la cocina unas tres cuartas partes del ambiente— que cubrimos de insecticida), logramos que aspirara un poco del veneno (formulado, por cierto, para "moscas y mosquitos"). Volvió a levantar vuelo, visiblemente ofuscada, y enfiló para nuestro lado.

Nosotros enfilamos para el living y, por las dudas, para la habitación.

Después de un tiempo prudencial, volvimos a la cocina. No la vimos.

Ahora lamentamos no haberla visto, porque verla habría sido mucho menos perturbador que lo que terminó ocurriendo.

La escuchamos.

Abombada, ebria, envenenada o sencillamente furiosa, la porquería se chocaba y se frotaba contra alguna parte de la cocina que no podíamos identificar, pero que en ese momento se nos antojaba todas las partes de la cocina y, a la vez, ninguna.

Una vez más, despavoridos, salimos de la cocina tan rápido como pudimos****.

Una vez más, abandonamos la empresa ilusa de hacerle frente a las cosas en soledad (aunque una vez funcionó, en circunstancias totalmente distintas) y, a falta de nuestro padre, probablemente dormido y definitivamente a cuadras de distancia, soltamos a Leonel, que resolvió el asunto en unos tres minutos y con un sadismo que nos pareció, dadas las circunstancias, irreprochable.

Ave, Leonel.


* Nos pareció una desproporción pasarnos la noche aprendiendo latín para poder declinar bien las palabras del título, en especial porque habríamos necesitado más café y preferimos no acercarnos a la cocina durante algún tiempo. Si algún alma rectora y ducha en latín se anima, vamos a aceptar la corrección de muy buen grado.

** También hace años, cuando hiciéramos la relación de esta empresa épica por primera vez, dijimos, con la convicción más sincera posible, que habríamos preferido un traje de neoprene y un bate de béisbol, lo que nos granjeó las carcajadas (todavía incomprensibles) de los presentes.

Hace menos tiempo, un conocido nos contó la historia de un segundo conocido que, en un trance mucho más peligroso (se enfrentaba a tres murciélagos), decidió en primer lugar ir a su habitación y ponerse tres pulóveres y una bufanda. Entendimos entonces que ese guerrero y nosotros, Van Helsings del posmodernismo, no debemos ponernos a la altura de la plebe, y que olvidaremos las risas cuando desesperados e hidrofóbicos vengan a pedirnos ayuda, al grito de "¡En el pelo, los tengo en el pelo!".

*** Sostuvimos más de una vez, quizás a los gritos, que la idea de una "cucaracha voladora", generalmente aplicada a las más voluminosas, no era más que un mito con el que la gente salía del paso si se encontraba con una cucaracha amenazante en su casa. "Es voladora, vino de la calle" es mucho más decoroso, en especial si hay visitas, que "Nació y se crió acá, porque no limpiamos hace seis años".

**** No demasiado rápido, cabe aclarar. La práctica regular del fútbol volvió, es claro, con las lesiones frecuentes y concentradas, para variar, en las rodillas.

jueves, febrero 05, 2009

The sun is come

Anoche, muy tarde [...], me puse a buscar unas fotos de otra época, previa al viaje a Inglaterra, pero no las encontré.

Encontré otras cosas y las leí y las seguí leyendo y dejé de leerlas.

Y me di cuenta de lo que había sospechado un par de días ha, cuando me puso inusitadamente contento que Elsa, la señora que me vende té, me reconociera y me regalara varios gramos —"tazas", dice ella en todas las bolsitas que compré.

Me di cuenta de que me costó todo el llanto que tenía, todo el instinto y todo el deseo, pero gané.

Me di cuenta de que gané.